martes, 15 de setiembre de 2009

La Virgen del Rosario



Por Teresa Jiménez

La siguiente aproximación tratará acerca de una pieza cuadrangular, en sentido vertical, a partir de cuyo eje, también vertical, se nos ofrece una clara composición simétrica y triangular. En ella están presentes seis “personajes” dispuestos de manera equilibrada, a manera de representación especular. En la parte superior del cuadro observamos una señora con un niño en brazos, escoltada por dos seres alados, uno a cada lado de ella. Estas cuatro figuras de la zona superior están rodeadas por formas con apariencia de nubes blancas y grises, que se abren de manera parecida a un “cortinaje”. Esto lo sugiere la propia ubicación de las nubes en esa zona, así como el resplandor amarillo que se refleja en ellas. Desde la parte posterior de la cabeza de la dama surgen 16 rayos definidos, cada uno de ellos, por una doble línea en tonos sepias. En la mitad inferior de la obra, observamos varios planos. En el primero están ubicados dos personajes, al parecer de pie —están representados de la cintura para arriba—. Al fondo se dibuja un paisaje compuesto por varios planos que sugieren una perspectiva.
Al detallar estos personajes, observamos que la imagen femenina con el niño en brazos está de pie —asumiendo una posición parecida al contraposto, lo que sugiere una “S” que nos recuerda a las figuras de las composiciones manieristas—. Ella está posada sobre una luna ejecutada en la convencional forma de cuarto creciente. Esta mujer se encuentra ataviada con una túnica roja, ceñida al talle por una cinta negra atada en forma de lazo. El cuello y la manga visible (brazo derecho) están realizados en tonos más claros, blanco el primero y rosado claro la segunda. Sin embargo, la manga presenta una especie de puño voluminoso, de color marrón, a la altura de “tres cuartos” del brazo extendido. Un manto azul oscuro la cubre, ondeando a sus espaldas y recogido, por este personaje, con su brazo izquierdo.
La cabeza de la mujer, ladeada hacia su derecha, está tocada por una corona muy elaborada, en tonos que simulan oro con “piedras” de colores “incrustadas”. Su cabellera es ondulada y se extiende, larga, por detrás de su espalda. Al igual que la del niño que carga, es marrón. Rodeando la cabeza de esta señora, y superpuestas a los rayos que salen de la misma, se distribuyen nueve estrellas blancas con toques de azul claro que describen un círculo. Con los dedos pulgar, índice y medio, de su mano derecha, porta un rosario de cuentas rojas que ofrece al personaje de la izquierda.
Esta figura femenina carga a un niño con su brazo izquierdo, el cual está vestido con una túnica rosado claro, ceñida con una cinta delgada y oscura. Este infante gira su torso hacia su izquierda y con la mano derecha en actitud bendiciente, dirige su mirada hacia el personaje de la derecha inferior. Su rostro, al igual que el de la figura que lo lleva en brazos, presenta una actitud plácida y los ojos de ambos se observan mirando hacia abajo. Este niño empuña con su mano izquierda un pequeño crucifijo en tonos oscuros. Por otra parte, dos pequeñas “cabezas de niños aladas” se ubican a cada lado de estos personajes principales. La de la izquierda, con la mirada hacia la dama, tiene las alas azules (querubín) y la de la derecha, con la mirada hacia arriba, las presenta rojas (serafín).
Los dos personajes masculinos, dispuestos a cada lado de la zona inferior, están tocados por aureolas dibujadas con líneas claras, en una perspectiva atravesada por líneas rectas y diagonales que sugieren una forma de cruz. Las cabezas de estos dos personajes se inclinan hacia la parte superior y están vistas en “tres cuartos”. Igualmente, las miradas de ambos individuos se dirigen hacia la señora, reforzando la tensión compositiva de manera triangular. Sus manos están en posición orante. A pesar de que los dos exhiben barba y cabellos oscuros, el de la izquierda presenta el cabello tonsurado. Asimismo, viste una túnica blanca, cuyas mangas y un pequeño pedazo del cuerpo se ve a través de un manteo negro cuya capucha, con el interior blanco, cae detrás del cuello y la espalda de este hombre.
La piel de todos los personajes es blanca, con mejillas y labios sonrosados, menos la del personaje de la esquina inferior derecha. Su rostro es más bien demacrado, con ojeras pronunciadas y la barba, del mismo largo que la de su compañero, le cubre mucho más las mejillas. Presenta una mancha oscura en la frente, lo cual pudiera ser una porción de cabello que remata su calvicie. Está ataviado con un hábito negro, con las mangas largas y en la zona de la cintura se puede apreciar una pequeña porción de un cordón marrón, que debe rodear su cintura.
El paisaje del fondo está resuelto en varios planos, el más próximo a los personajes está mas definido, en el destacan tres flores rojas. En el plano medio se representaros arbustos oscuros y altos. En el plano del fondo observamos árboles más grandes y más atrás montañas, pero en tonos muy claros, simulando lejanía o una tosca perspectiva aérea. Lo que podemos apreciar del cielo está expresado a través de un degradado en tonos de azul poco saturado. Se aplicó la zona azul medio hacia arriba y los tonos más brillantes hacia las proximidades de los bordes de las montañas. Asimismo, éstas se hacen más grandes en la zona ubicada detrás de las figuras masculinas.

ANÁLISIS ICONOGRÁFICO
La composición nos indica que el centro de interés se enfoca en la presencia femenina con el niño en brazos. Las miradas de la mayoría de los personajes se dirigen hacia ella, además de ser la zona más luminosa de la obra. Por otra parte, al estar frente a una pieza que pertenece al período colonial, podemos inferir en ella un contenido religioso. En tal sentido, para este análisis, la ubicaremos en el contexto de la iconografía cristiana.
Un personaje femenino, coronado y ubicado sobre un astro son evidencias de que estamos en presencia de una dignidad. Para la religión cristiana la figura femenina más importante es la Virgen María. Sus atributos bien lo indican, la túnica roja expresa el amor divino en la mística cristiana. El manto azul simboliza el cielo, el amor celestial. Es el color que la Iglesia asocia tradicionalmente con la Virgen.
Según James Hall, la media luna simboliza “la castidad cuando aparece a los pies de la Virgen María” (2003:73). Una referencia literal respecto a la luna y las estrellas presentes en esta pieza, aparece en el Apocalipsis de San Juan, capítulo 12, versículo 1: «En eso apareció un gran prodigio en el cielo, una mujer vestida del sol, y la luna debajo de sus pies, y en su cabeza una corona de doce estrellas».

El rosario rojo que la Virgen lleva en la mano, apunta hacia un tipo de devoción que se practica en referencia a la propia Virgen, entendida como “medio de oración para facilitar la salvación” (Revilla, 2007:522). Esta práctica consiste en una serie de oraciones y meditaciones, llamados Misterios, que giran en torno a eventos importantes en la vida de Cristo y de la Virgen María. Además, el color rojo del rosario, así como el nombre de este objeto, refuerzan su relación con las rosas. El origen etimológico de la palabra rosario (rosarium) traduce “una corona de rosas” (Réau, 2000:129). Tales flores simbolizan, desde los primeros años del Cristianismo, la pureza y el martirio. A través de estos primeros indicios podemos decir que estaríamos en presencia de una Virgen del Rosario. Sin embargo, resta identificar a los otros dos personajes para confirmar esta idea.

Según expone Louis Réau en su Iconografía del arte cristiano, la orden dominica atribuye el origen de esta devoción a su fundador, santo Domingo Guzmán (1170, Calahorra, Logroño). En este sentido, se conoce que a este santo se le representa “vestido con el hábito bicolor de su orden: túnica blanca y manteo negro, colores simbólicos de la pureza y de la austeridad. Su ancha tonsura está rodeada por una corona de pelo” (2000:395). Esta descripción coincide con la imagen masculina, ubicada en la zona izquierda inferior de nuestra pieza.

El caso del personaje de la zona inferior derecha es bastante ambiguo. En un primer momento, el atributo del cordón y su aspecto nos remiten a San Francisco de Asís. Sin embargo la imagen no presenta los característicos estigmas en las manos. A este respecto observamos que según Réau, la iconografía franciscana postridentina indica que “se prefirió representarlo con rasgos de un asceta macilento y descarnado y expresión torturada…” (2000:559). Asimismo, el autor hace referencia a un posible sueño que tuvo santo Domingo en el que abrazaba a Francisco en las puertas de la basílica de San Pedro, en Roma. Esto al parecer es irreal ya que, aclara Réau, dominicos y franciscanos “reñían como perros y gatos”. Sin embargo, este abrazo se ha representado en diferentes oportunidades a través de la historia.

Un indicio importante, a nuestro juicio, sería el crucifijo que le Niño Jesús le ofrece a este santo. Tal imagen haría referencia a la conocida aparición que Jesucristo le dispensó a Francisco. Éste, sueña que vuela hasta Cristo crucificado en el Gólgota, quien desclava su mano derecha de la cruz “y la apoya dulcemente sobre el hombro del santo, mientras lo mira con ternura” (Réau, 2000:561).

Réau indica que: “Alrededor de 1210 la Virgen se habría aparecido a santo Domingo y le habría entregado un rosario que éste llamó corona de rosas de Nuestra Señora, y fue gracias a este talismán que habría triunfado contra la herejía albigense” (2000:129). Sin embargo, este autor aclara que fue demostrado por los bolandistas que el rosario no fue un aporte de santo Domingo, si no de Alain de la Roche quien lo inventó y lo difundió en el siglo XV. Este personaje poco edificante habría escrito la obra De Utilitate Psalterii Mariae, referida a la devoción. Además, indica este autor que es una devoción tardía, posterior a los últimos veinticinco años del siglo XV. Finalmente, existen otras obras identificadas con el mismo programa representativo, lo cual favorece que, además de las aclaratorias realizadas, podamos decir que nuestra obra, efectivamente, representa a una Virgen del Rosario acompañada por santo Domingo Guzmán y san Francisco de Asís.

BIBLIOGRAFÍA

FERGUSON, G. (1961), Signs and Symbols in Christian Art, Oxford University Press, Gran Bretaña.
HALL, J., (2003), Diccionario de Temas y Símbolos Artísticos, Vol. 1 y 2, Alianza Editorial, Madrid.
RÉAU, L. (2000), Iconografía del arte cristiano. Ediciones del Serbal, Barcelona.
REVILLA, F. (2007), Diccionario de iconografía y simbología, Ediciones Cátedra, Madrid.
Sagrada Biblia, Editorial Sopena Argentina.

Autor: Teresa Jiménez
Edición: Janeth Rodríguez

Fotografía: Anónimo cusqueño, La Virgen del Rosario, siglo XVIII. Cortesía del Museo de Arte Colonial de Mérida, Mérida, Venezuela.

8 comentarios:

Benjamín Arredondo dijo...

Saludos desde México. Muchas gracias por incluir el blog de El Señor del Hospital dentro de la lista de recomendaciones. Es un gran halago.

No creí hubiera tal producción de arte Virreinal en Venezuela, interesante tu blog.

Marinela Araque Rivero dijo...

Hola creo que es muy interesnate tu trabajo para concer el patrimonio artistico venezolano, quisiera enviarte uns fotografìas de la Iglesia de Obispo ubicada en el estado Barinas para conocer tu opinión en relación a algunas de ellas.

Janeth Rodríguez dijo...

Hola Marinela... en el perfil está mi dirección de correo. Pero si no lo encuentras pues es: janethrodriguezn@gmail.com
Gracias

Marinela Araque Rivero dijo...

Hola Janeth te envie la foto por correo, espero la estudies

Anónimo dijo...

Hola!
Gracias por la informacion es muy valiosa, me podrias decir cual es el autor de esta obra?

Janeth Rodríguez dijo...

No se conoce quien es el autor de esa obra. Gracias por leernos.

Anónimo dijo...

Hola! Esta muy buena la informacion, hace poco lei un articulo tuyo sobre los pintores de la epoca colonial en venezuela, no sabes donde puedo encontrar con mayor exactitud la biografia de Juan Pedro López ?
Gracias!

Janeth Rodríguez dijo...

Hay una biografía de Juan Pedro López en este mismo Blog. Busca por la etiqueta Artistas y allí la encontrarás. Gracias