sábado, 4 de julio de 2009

El Sagrado Corazón de María



Por Teresa Jiménez

La obra se presenta con una forma cuadrangular, cuyo sentido direccional es vertical. La composición representada se desarrolla en función de un eje de simetría, también, vertical. Posee un marco de color marrón con aplicaciones doradas y relieves sencillos, que no pareciera corresponder a la época de elaboración del cuadro.
En él se observa un único personaje central, del cual se visualiza la cabeza y parte del cuerpo (hasta algo más abajo de la cintura). La vestimenta de esta figura se compone de una túnica roja, de cuello redondo, y un manto de color azul, con un cordón en tonos beige y marrón, atado a la cintura. El manto azul cae sobre los hombros y brazos de la imagen, dejando a la vista el borde de las mangas de la túnica. Esta figura se encuentra sobre un fondo unicolor, marrón, en el que se pueden observar, del lado izquierdo, pliegues en el lienzo, signos de deterioro en el soporte. Observando el rostro de la figura que estamos analizando, no es posible inferir fácilmente el sexo de la misma ya que es una presencia algo andrógina, por lo que hay que continuar con el análisis para aclarar este aspecto. La cabeza, inclinada hacia el lado izquierdo de la imagen está circundada, a cierta distancia, por diez pequeñas estrellas de color blanco, dispuestas de forma equidistante a modo de corona. Alrededor de la cabeza, entre ésta y las estrellas, se aplicó una especie de resplandor de un tono ocre medio.
La cara, de piel blanca con mejillas rosadas, está representada en tres cuartos, totalmente despejada, con facciones finas y de nariz alargada. La carnación de los labios está realizada en un color rosa más oscuro que el utilizado en las mejillas. El pelo, las cejas y los ojos son de color marrón. Asimismo, el cabello está peinado con una división por el medio. Éste cae, a modo de melena, a los lados de la cara y oculta parcialmente la oreja que se puede ver (la derecha). La expresión facial del personaje es de serenidad.
El cuerpo se observa en posición erguida y los brazos, cubiertos por el manto azul, se doblan hacia el pecho apuntando (sin tocarlo) hacia un corazón que flota en el centro del mismo. Este corazón es de color rojo y de él salen rayos amarillos hacia el exterior, pero sin salirse del área del manto rojo en la zona del pecho. El tamaño de dicho corazón es aproximado al de cada una de las manos; sobre él, en su mitad superior se observan cuatro pequeñas rosas de color rosado claro, acompañadas de sus respectivas hojas, diez en total. En la parte superior del corazón surge una flama que se proyecta de manera vertical, sin sobresalir de la altura de los rayos que lo circundan.

ANÁLISIS ICONOGRÁFICO
Los atributos que podemos reconocer en esta imagen son: una túnica roja, un manto azul, un cordón, un corazón flamígero, cuatro rosas y diez estrellas blancas, además de la aureola (resplandor) y los rayos que circundan a la cabeza y el corazón, respectivamente, del personaje.
Según el Diccionario de Símbolos y Mitos de J. A. Pérez-Rioja la túnica «… evoca en general una idea de pureza y espiritualidad» (2004:409). En este caso, la túnica es de color rojo que, en un sentido positivo, se asocia a: la pasión, la fecundidad, la vida, el amor, el poder, los nuevos comienzos, el sacrificio a través de la sangre derramada. En tal sentido, se podría decir que las características y condiciones que implican este color serían asumidas por el personaje en cuestión, a través de los principios de espiritualidad y pureza. El cordón que ciñe la túnica al cuerpo de la imagen es símbolo de la templanza, el comedimiento y la castidad que profesa esta figura. También estaría haciendo alusión a la cuerda con la que Cristo estuvo atado al pilar, durante la Flagelación.
El manto simboliza un sentido de protección, además «… es emblema de príncipes y soberanos y encierra una doble significación simbólica: la jerarquía y dignidad superior y el aislamiento entre el hombre y el mundo» (Pérez Rioja, 2004:287). Este atuendo, al ser de color azul se asocia con el cielo, lo celestial, el amor celeste. Es el “color de la verdad” apunta George Ferguson en su Signs and Symbols in Christian Art, ya que es el color del cielo cuando se despejan las nubes. Con esto se sugiere que la verdad se ha develado (1961:151). Así, estableciendo una relación entre los aspectos indicados, el personaje que viste tal prenda pertenece a una alta jerarquía, en este caso una jerarquía celeste, es decir, divina.
El corazón flamígero, según James Hall en el Diccionario de Temas y Símbolos Artísticos, simboliza el amor de manera universal —tanto el profano como el sacro—. Asimismo, ha sido considerado como fuente de coraje, devoción, comprensión, goce y pena. Si se encuentra representado con llamas, como es nuestro caso, “significa un gran ardor” (Hall, 2003:169) o un “gran fervor piadoso” (Pérez- Rioja, 2004:139). En este punto observamos semejanzas con otra imagen del cristianismo, el Sagrado Corazón de Jesús. Sin embargo, a diferencia de este último, nuestro personaje no presenta barba y el corazón, en lugar de espinas, se representa con rosas.
Es así como, el corazón representado en la imagen que estamos analizando exhibe en su superficie cuatro rosas. Estas flores se asocian a la Virgen María «… que recibe la denominación “rosa sin espinas”, es decir, sin pecado» (Hall, 2003:201), por lo tanto, dichas rosas implican pureza. George Ferguson refiere una explicación que hizo san Ambrosio acerca de las rosas y de cómo adquirieron sus espinas. Comenta el santo que esta flor crecía sin espinas en el Paraíso y que sólo después de la caída del hombre aparecieron las espinas en las rosas, para recordarle a la raza humana el pecado cometido al perder la Gracia. Sin embargo, la belleza y fragancia de las rosas le seguirían recordando el esplendor del Paraíso perdido. Esta relación con la Virgen María simboliza que fue concebida sin ese pecado original (1961:37).
Además, el número de rosas es cuatro, entonces la figura que estamos analizando —que a nuestro juicio es representación de la Virgen María— personifica en ella misma los dogmas de la cristiandad que son simbolizados por este número. A través de él se inscriben los siguientes significados:
«…los elementos, las estaciones, los ríos del Paraíso, los temperamentos o complexiones del hombre, así como los evangelistas, los profetas mayores, los padres de la Iglesia, las virtudes cardinales y, después del descubrimiento de América, las partes del mundo».
Las estrellas alrededor de la cabeza de la Virgen se estarían refiriendo a lo expresado en el libro del Apocalipsis de San Juan, capítulo 12, versículo 1: «En eso apareció un gran prodigio en el cielo, una mujer vestida del sol, y la luna debajo de sus pies, y en su cabeza una corona de doce estrellas». A pesar de estar visibles sólo diez estrellas, sería de suponer que las dos faltantes estarían ocultas tras la espalda del personaje, completando el círculo. Estas doce estrellas representarían las doce tribus de Israel y los doce Apóstoles. Sin embargo, el diez también es representativo en la iconografía cristiana. Diez son los Mandamientos de la Ley de Dios y diez son las Ave Marías del Rosario, objeto sagrado vinculado directamente con la Virgen María.
Asimismo, la aureola alrededor de la cabeza de la Virgen simboliza el poder supremo, la investidura divina del personaje. Su ubicación estaría manifestando la
«… extrema valoración de lo que el hombre tiene más noble: la cabeza, sede del intelecto y medio de elevación espiritual. Según la exégesis cristiana, la comunión extática con lo divino y la recepción de la Gracia se producían en esa particular parte del alma intelectiva llamada mens (espíritu)» (Battistini, 2003:148).
Según Hall la «conocida forma circular [de la aureola] pertenece en especial a la Virgen María, a los ángeles y a los santos» (300). Sin embargo, Becker indica que la aureola «se reserva principalmente a Jesucristo y María», mientras que el halo o nimbo estaría destinado a los santos (1996:42). En cuanto a los rayos que salen del corazón de María, se les asocia con el “fuego celeste”, a su vez son “emblema de la soberanía” (Pérez-Rioja, 2004:365) y poder que ostenta su portadora. Igualmente podríamos asociar esta especie de rayos con la luz. Ésta simbolizaría a Cristo y su promesa: «Y volviendo Jesús a hablar al pueblo, dijo: Yo soy la luz del mundo. El que me sigue, no camina a oscuras, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn. 8-12).
Para finalizar, la devoción al Sagrado Corazón de María comienza a ser difundida en el siglo XVII por san Juan Eudes. Este personaje se interesó en propagar las devociones al Sagrado Corazón de Jesús y la devoción al Inmaculado Corazón de María, llegando a ser muy populares. Por otra parte, escribió libro titulado El Admirable Corazón de la Madre de Dios. También, llegó a componer un oficio litúrgico en ofrenda del Corazón de María, en sus congregaciones se realizó cada año la celebración del Inmaculado Corazón.

BIBLIOGRAFÍA CITADA

BATTISTINI M., (2003), Símbolos y alegorías, Electa, Barcelona.
BECKER, U., (1996), Enciclopedia de los Símbolos, Ediciones Robinbook, S.L., Barcelona.
FERGUSON, G. (1961), Signs and Symbols in Christian Art, Oxford University Press, Gran Bretaña.
HALL, J. (2003), Diccionario de Temas y Símbolos Artísticos, Vol. 1 y 2, Alianza Editorial, Madrid.
PÉREZ-Rioja, J. A. (2004), Diccionario de Símbolos y Mitos, Editorial Tecnos, Madrid.
Sagrada Biblia, Editorial Sopena Argentina.

Autor: Teresa Jiménez Velásquez
Edición: Janeth Rodríguez

Fotografía: Anónimo quiteño, El Sagrado Corazón de María, mediados del siglo XIX. Cortesía del Museo de Arte Colonial de Mérida, Mérida. Venezuela

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