miércoles, 6 de mayo de 2009

La pintura colonial en Venezuela (2)

La Pintura durante el siglo XVI

El siglo XVI se caracterizó por ser años de conquista y exploración del ancho y desconocido territorio. En la tripulación del primer viaje de Alonso de Ojeda (1499) se menciona a un pintor simplemente llamado Juan. Posiblemente el primer artista que llegó a nuestro territorio, aunque quizá con la intención de dibujar mapas que describieran la geografía de las nuevas costas.

Muchos de los iniciales conquistadores no se caracterizaron por su alto nivel cultural, a menudo eran analfabetos reclutados en tabernas, calles, plazas e iglesias, aventureros buscadores de fortuna. Pero ante los peligros que corrían en estos lares desconocidos, se debía acentuar su religiosidad en la plegaria a los santos protectores, únicos aliados ante los enemigos: enfermedades, flechas, plagas, y animales. Este ambiente, a la vez peligroso y fascinante del paraje americano, debía agudizar su necesidad de protección divina. El conquistador portaba, sin duda, pequeñas imágenes de Cristo, la Virgen o sus santos predilectos a los cuales encomendaba su espíritu cada día.

Con los primeros asentamientos de colonos comenzaron los iniciales intentos de evangelizar a los indígenas y controlar la fe católica de los habitantes. La catequización del aborigen se realizó a través del sistema de doctrinas y encomiendas (estas últimas aparecen a partir de 1547). Esto significa que se buscaba la conversión conviviendo al lado de los españoles en las encomiendas, pueblos y caseríos, dando como resultado el mestizaje y la eliminación progresiva de las ancestrales tradiciones aborígenes e incorporándolos a la cultura occidental. Las conductas de los doctrineros con respecto a las culturas nativas no fue homogénea. Algunos respetaron ciertos elementos indígenas que no afectaran el rito católico, en otras ocasiones se buscó la identificación de los elementos aborígenes con los cristianos para facilitar la ilustración de ciertos dogmas, llegando a formular un sincretismo religioso, otros en su mayoría destruyeron cuanto encontraron a su paso por considerarlo diabólico.

Los doctrineros fieles a las tradiciones seculares del predominio de las imágenes, las utilizaron en conjunción con la música, procesiones, narración de historias bíblicas y otros medios auxiliares para inculcar el dogma católico. Estas imágenes eran en su mayoría estampas, tallas y cuadros que en algunos casos alcanzaron la calidad de milagrosos permaneciendo hasta hoy en la devoción popular.

Las imágenes eran instrumentos de primera necesidad en la vida de la Colonia. Con la derrota de las tribus indígenas más aguerridas y el asentamiento de las primeras poblaciones, las necesidades devocionales se hicieron mayores. El sistema de poblamiento hispano no desligaba la vida civil de la religiosa. Al fundarse cada ciudad se requería un santo patrón que velaría por el destino del nuevo poblado y la construcción de un templo. Una vez edificado el templo se hacía indispensable dotarlo de imágenes, ornamentos y utensilios para las labores eclesiásticas. Es así como las representaciones tanto pictóricas como escultóricas de temática religiosa, se constituían en objetos indispensables en el proceso fundacional de cada población. Pese a que en nuestro país el poder económico de la Iglesia no era tan destacado como en otras regiones del continente, existió la preocupación por ornamentar dignamente aunque sin muchos lujos los pequeños y sencillos templos que se iban construyendo, tal como lo establecían las primeras Constituciones Sinodales del Obispo Fray Pedro de Agreda firmadas en 1574 en las que, según el investigador Alfredo Boulton, se establecía el mandato de dotar de imágenes los altares de iglesias y capillas. Lamentablemente sus actas no fueron conservadas. Posteriormente las Constituciones del Obispo Antonio de Alcega en 1609, establecían las normas urbanísticas de los pueblos de indios, la forma de construcción de las iglesias y capillas, y los ornamentos internos de las mismas. Por su parte el gobernador Hoz Berrío promulgó unas instrucciones el 2 de Septiembre de 1620, en las que se instruía las normas que debían regir la fundación de los pueblos de indios. Entre éstas se especificaba que las viviendas de los aborígenes debían ser cómodas y limpias, además de tener en su interior imágenes de los santos, la Virgen María o Jesús, según la devoción particular de cada quien. En 1623 Fray Gonzalo de Angulo, Obispo de Venezuela, dio instrucciones al padre Gabriel Mendoza donde indicaba los ornamentos y utensilios que debían poseer las iglesias de la provincia, entre las cuales destaca la necesidad de tener, por lo menos, un retablo o imagen de la advocación de mayor devoción, una cruz pequeña para el altar, una de mayor tamaño para colocarse al frente del templo y otra para utilizarla en las procesiones.

Mientras en el país no se generaba una producción imaginera de mediana calidad es de suponer que para el cumplimiento de las leyes sinodales y otras instrucciones, se hacía necesario la importación de obras de los talleres de Sevilla, Amberes y Cádiz. Estas imágenes importadas no eran obras maestras sino piezas ejecutadas en series por los miembros del taller del pintor, debido a la falta de seguridad que constituía tan arriesgado viaje.

Otra fuente importante de encargos artísticos, lo constituyeron los miembros de las diferentes órdenes religiosas que llegaron a nuestro territorio, con la intención de evangelizar a las tribus indígenas. Para ello formaban los pueblos de doctrinas compuestos por los poblados indígenas, encomiendas y haciendas que estaban bajo la jurisdicción de un cura doctrinero que intentaba evangelizar a las masas indígenas. Con el paso de los años y una vez evangelizados los pueblos de doctrinas se entregaban a sacerdotes seculares que continuarían las labores religiosas. Las diferentes órdenes se distribuyeron en el territorio, pocas veces respetando las delimitaciones de acción geográfica que les imponía la Corona Española. En la región marabina y en Cumaná dominaban los franciscanos; en parte de los Andes los dominicos procedentes de Tunja; en Mérida, Barinas y Táchira los agustinos; mientras los jesuitas se expandieron por todo el territorio. La presencia de estas órdenes religiosas fomentarían las representaciones artísticas de los santos de sus congregaciones, de manera que podemos precisar un mapa devocional basado en las imágenes que se han conservado.

Desde finales del siglo XVI las congregaciones religiosas comenzaron a establecerse en Caracas. La orden de los franciscanos llegó a la capital en 1575 en la persona del Padre Fray Alonso Vidal junto a otros religiosos procedentes de Santo Domingo, con la intención de construir los claustros del convento y la primitiva capilla. Por su parte los Dominicos edificaban el Convento de San Jacinto en 1608. Estas órdenes al levantar sus iglesias y conventos, de igual forma, requerían de una gran cantidad de imágenes y ornamentos. Las órdenes promocionaban a sus santos fundadores como intercesores divinos, a los objetos tradicionales de la piedad cristiana como los escapularios y rosarios, y a sus devociones marianas específicas. Un ejemplo de ello lo constituye la orden agustina que al entregar en 1778 sus pueblos de doctrina ya convertidos en la Parroquia de Guásimos (región andina) en manos de sacerdotes seculares, dejó en la iglesia las imágenes de San Agatón, Santa Catalina, Santo Cristo, Limpia Concepción, Nuestra Señora de las Nieves con una valiosa corona de plata y rayos de oro, Santa Lucía, un cuadro de Santa Ana, otro de las Ánimas y finalmente un cuadro de Santa Rita.

La importación de imágenes fue inevitable durante los primeros años del siglo XVI mientras se continuaba a duras penas colonizando el territorio venezolano. Cabe destacar que el número de obras pictóricas importadas fue mucho mayor que las tallas del mismo origen. Sin embargo, es de creerse que debió de existir una minoritaria producción local seguramente rudimentaria y artesanal que copiaba las estampas religiosas, para satisfacer los requerimientos devocionales de aquellos iniciales pobladores que no podían sufragar los gastos de una imagen sacra importada.

Fuente: Janeth Rodríguez, LA PINTURA COLONIAL EN VENEZUELA. Caracas, Historiadores Sociedad Civil, Colección Historia para todos núm. 25, 1997.

3 comentarios:

oiluj dijo...

hola soy julio de aqui caracas venezuela pido disculpas pues si me gusta el arte colonial y he seguido muy de cerca este blog hoy me inscribo como seguidor y no me di cuenta de que se ventila quizas algo no apropiado ni correcto para este blog me retirare y lo hare quizas en privado hasta que sepa como separar en la red esto gracias y mil mil diculpas lo lamento mucho gracias por su comprension y hasta pronto julio

Janeth Rodríguez dijo...

Apreciado Julio:
No entiendo cuáles son los contenidos que Usted considera "no apropiados ni correctos para este blog". Agradecería que sea más claro en su comentario, ya que no hay nada en este blog que pueda ser considerado ofensivo para nuestros lectores.
Aquí se escribe sobre arte e historia y lo mismo hacen los colaboradores invitados a participar, siempre de una forma documentada, sin idealizar, sin deformar nuestro pasado, intentando ser lo más objetivos y didácticos posibles.
Saludos

Anónimo dijo...
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