martes, 28 de abril de 2009

La pintura colonial en Venezuela (1)


Introducción

Por Janeth Rodríguez

Desde el siglo V cuando el Papa Gregorio Magno definió el papel de la imagen sacra como “la Escritura de los iletrados”, la iconografía cristiana occidental se estableció como el instrumento ideal de conocimiento y propagación de la religión católica. La imagen pictórica o escultórica sería el medio pedagógico y catequizante, que conjugaba en ella, no sólo la historia sagrada, sino también el comentario de los teólogos que facilitaban la comprensión de los temas religiosos.

En diciembre de 1563, después de once siglos, la Iglesia reafirmaba el poder de la imagen en la última sesión del Concilio de Trento. En ella dictaminó sobre su importancia como arma propagandística y pedagógica ante las acusaciones de idolatría que esgrimían los reformistas protestantes. Una de las consecuencias de la Contrarreforma fue el reforzamiento de los métodos y doctrinas tradicionales de la Iglesia en todos los aspectos, incluyendo las artes. En aquella sesión del Concilio se definió el importante papel de la imagen sacra y se llegó a la conclusión de que mediante ésta, el pueblo se instruía en los artículos de la fe, aprendía de las ejemplares vidas de los santos, era inducido a amar a Dios y a cultivar la piedad alimentando su espíritu con tales imágenes. La institución eclesiástica velaría desde entonces por el decoro, la claridad, el realismo y la persuasión de las obras artísticas que estaban llamadas a contribuir activamente en el despertar de una nueva espiritualidad en el continente europeo. Además de volver a utilizarse como instrumento educativo en las nuevas tierras americanas, a éstas llegaría en múltiples formas: desde los lienzos provenientes de diversos talleres europeos hasta las estampas devocionales y los libros ilustrados.

El poder de la imprenta en manos de la Iglesia contrarreformista se constituyó en un eficaz instrumento de propagación de los mensajes cristianos. En Amberes, Christophe Plantin (latinizado como Christophorus Plantinus) obtuvo del rey de España Carlos I y de los papas Pío V y Clemente VIII la exclusividad de la distribución de los libros litúrgicos y estampas religiosas en España y sus colonias. De esta forma miles de misales, Biblias y otros textos ilustrados llegaron a América durante los años de conquista y colonización del territorio, llevando consigo imágenes de los más diversos orígenes que serían asimiladas, copiadas e interpretadas por los artífices locales.

En el territorio americano la imagen sacra encontraría durante siglos un terreno fértil para su propagación, ejecución y devoción. Múltiples interpretaciones alcanzaría en manos de indígenas y colonos peninsulares, y posteriormente, en las manos mestizas. La Iglesia encontraba una vez más en la imagen el medio adecuado para adoctrinar, persuadir y renovar la fe del observador.

La pintura colonial venezolana como podremos analizar en el presente texto no es ajena a este panorama. Entendemos por pintura colonial la producción pictórica que se realizó o que se importó a lo que actualmente conocemos como nuestro país durante el período histórico en el cual Venezuela formó parte de las colonial españolas. Debemos recordar que nuestro territorio estaba conformado por seis gobernaciones, incomunicadas entre sí en la mayor parte de los casos y dependientes de jerarquías eclesiásticas y jurisdiccionales diferentes. El extenso oriente venezolano llegó a formar parte de los anexos ultramarinos del Obispado de Puerto Rico, por encargo provisorio desde 1521 hasta 1790 por desidia gubernamental, cuando pasó a ser sufragánea de Santo Domingo. Durante este período los problemas jurisdiccionales dejaron a la intemperie esta región, hasta el siglo XVIII cuando se crea la diócesis de Santo Tomé de Guayana desmembrándola de Puerto Rico y haciéndola sufragánea de Santo Domingo. Por otra parte, la región andina (elevada a diócesis en 1777) estaba bajo la jurisdicción de Bogotá, la cual no realizaba visitas episcopales por lapsos hasta de ochenta y seis años. En 1804 se comprendió la conveniencia administrativa de incorporar dichas diócesis al Arzobispado de Caracas, lo cual trajo sus inconvenientes y reclamos a la corona española de las ciudades afectadas.

Para la historiografía del arte el período colonial se inicia con la fundación de la ciudad de Santa Ana de Coro en 1527, no tomando en consideración la población anterior de Nueva Cádiz en la Isla de Cubagua (1510-1539) por lo efímera de su existencia, de la cual no quedaron obras artísticas que puedan ser estudiadas. El final del período colonial es más ambiguo, en ocasiones se considera la fecha de 1810 por ser el inicio de las luchas independentistas que finalizaron con la dominación española, pero en el mundo del arte es difícil precisar una fecha exacta, porque durante gran parte del siglo XIX se continuó la realización de obras siguiendo las técnicas y los temas de la producción colonial.

La creencia de que el sistema artístico colonial finalizó en 1810 o en 1821 es un error producto del exacerbado culto al nacionalismo heroico que muchos autores han contribuido a crear. Los cambios políticos que trajo la independencia no modificaron en gran medida la estructura social y la mentalidad heredada de los tiempos coloniales, que continuaron como tradición y costumbre. La producción artística se dividió en dos corrientes durante el siglo XIX: una oficial que exaltaba los valores heroicos de las luchas independentistas y otra popular que continuaba elaborando las imágenes religiosas. La producción amparada por el ente oficial cambió la temática, las técnicas, el estilo y hasta la forma de concebir a los artistas y al arte. Pero estos cambios se dieron cuando los artistas becados por el Estado regresaron del exterior con las nuevas concepciones europeas en boga, ya casi a finales del siglo XIX. Podemos observar como Juan Lovera (1776-1841) y otros artistas de la época, pese a pintar obras de temática histórica también realizaron piezas religiosas siguiendo las normas de la iconografía católica. Puede afirmarse que una parte importante de las obras religiosas que se han atribuido a los artesanos del período colonial, fue elaborada durante el siglo XIX. Esto trae a colación el problema de la datación y atribución de las obras coloniales que se ha realizado hasta ahora en base a la temática y al estilo. Es por ello que acostumbramos mantener una cierta prudencia y flexibilidad en lo que respecta a la periodización de las obras artísticas surgidas durante el período colonial, intentando en la mayoría de los casos basarnos en las fechas de las piezas cuando están firmadas o en todo caso en otros documentos que nos permitan datar aproximadamente cada obra.

Fuente: Janeth Rodríguez, LA PINTURA COLONIAL EN VENEZUELA. Caracas, Historiadores Sociedad Civil, Colección Historia para todos núm. 25, 1997.

domingo, 26 de abril de 2009

Sobre las tareas escolares

Continuamente nos escriben algunos lectores que piden ayuda para hacer las tareas escolares de sus hijos. Ese no es el objetivo de este blog y lamentablemente estamos ocupados en otras labores, por lo cual no podemos responder a sus inquietudes como quisiéramos y como ellos mismos lo demandan.

Por otra parte, hay una tendencia creciente a no querer leer los libros e intentar hacer las tareas usando solamente internet. Lo que en vez de contribuir a mejorar la educación de nuestros hijos sólo contribuye a perjudicarla, ya que aunque la web es una fuente valiosa de información, también podemos hallar artículos repletos de errores.

La experiencia nos advierte que la mayoría de las repuestas a las tareas escolares las encontrarán en el libro de Educación Artística de 8vo grado de sus hijos, el cual tiene información adaptada a sus necesidades pedagógicas.

Sin embargo, para no desilusionar a quienes nos escriben buscando ese tipo de información hemos optado por publicar unos pequeños tips sobre algunos pintores venezolanos con la esperanza de que puedan servir de material de ayuda para tantos estudiantes de edad escolar que nos visitan.

Algunos pintores coloniales venezolanos

José Lorenzo de Alvarado:
Pintor andino, posiblemente radicado en Mérida, del cual se conocen dos obras de temática religiosa firmadas, un lienzo que representa a San Lorenzo y otro a San Juan Nepomuceno. Gracias a estos datos se ha podido establecer su producción artística alrededor de 1788 hasta 1805. Su particular forma de dibujar los personajes que muestran gran dulzura y el uso de colores muy claros, marcaron la creación artística en la región andina, hasta el punto que se le han atribuido algunos seguidores o discípulos.

Francisco José De Lerma y Villegas:
De este artista se conocen pocos datos biográficos, sabemos que pertenecía a la clase de los pardos libres y que desarrolló su producción pictórica entre 1719 y 1753. Afortunadamente firmó una de sus obras, la que contribuyó a identificar varias pinturas anónimas asociándolas con su particular estilo. La obra de Lerma es el resultado de la inspiración que constituían los grabados y estampas, por ello pueden evidenciarse una gran cantidad de rasgos estilísticos de diferente procedencia. Muestra un gran conocimiento en el manejo de luces y sombras, un esmerado dibujo, y un gusto por el colorido que aplicaba con armonía. Entre sus obras se encuentran el Martirio de Santa Bárbara y una Sagrada Familia, creaciones de gran belleza y muy cuidadoso apego a los modelos europeos.

José de Zurita:
El trabajo pictórico de este artista se identifica desde 1695 hasta su fallecimiento en 1753. En numerosos documentos se menciona a este pardo libre como Maestro Pintor y Escultor. De Zurita sólo se conocen pocas obras como La Coronación de la Virgen y La Ascensión que se encuentran en la Catedral de Caracas. Su estilo se caracteriza por su calidad esfumada, la imprecisión de los rasgos que restan una definición clara. Las tonalidades son fuertes y el colorido es bastante pobre.

Escuela De Los Landaeta:
Bajo la denominación de Escuela de los Landaeta se ha agrupado una serie de obras firmadas por diversos artistas con el mismo apellido, que formaban parte de una extensa familia de pardos libres dedicada al trabajo artístico en la ciudad de Caracas. La familia Landaeta brindó numerosos artistas en diferentes labores, plateros, pintores, doradores y músicos. Entre ellos se conocen los nombres Juan José Landaeta (activo entre 1763-1810) y Antonio José Landaeta (activo entre 1748 y 1799). A todo lo largo de la trayectoria de los Landaeta se ha notado una unidad continua de coloración dominada por los ocres rosas que sirven de fondo en la generalidad de los temas. La manera de reproducir los destellos de las aureolas a base de diferentes líneas de luz de variadas intensidades y separadas entre sí por espacios casi transparentes. Las formas características de dibujar las coronas y que estás casi siempre aparecen adornadas con gruesas perlas. Otro rasgo que contribuye a identificar las obras de los Landaeta es la colocación de las doce estrellas que circundan las aureolas en especial en las imágenes de la Inmaculada Concepción. Otra obra que se le atribuye es la imagen de la Virgen del Rosario exhibida en la Casa Natal del Libertador.


Juan Pedro López:

Nació en Caracas el 23 de junio de 1724. Sus padres José Antonio López González y su madre María Gutiérrez Domínguez eran de origen canario. Es de creerse que Juan Pedro aprendió su oficio en algún taller de los que funcionaban en la Caracas de entonces, para luego independizarse formando su propio negocio y posiblemente enseñado a otros sus conocimientos. Juan Pedro López no fue sólo pintor, también se dedicó a la escultura, al dorado de retablos y muebles, a la restauración y avaluo de imágenes, por ello durante casi cuarenta años (1724-1787) su nombre figuró como Maestro de Pintor, Tallador, Escultor, Dorador y Tasador. Falleció el 14 de agosto de 1787. Su estilo pictórico estuvo enfocado dentro de ciertos rasgos de los artistas españoles Bartolomé Esteban Murillo (1617-1682), José Antolinez (1635-1675) y Mateo Cerezo, y a veces enmarcado dentro de una imaginería mexicana de la escuela de Miguel Cabrera (1695-1768), de los cuales se conocían algunas de sus obras a través de innumerables grabados que servían de modelos a los artistas locales. Las obras de Juan Pedro López demuestran un sentido del espacio y de las dimensiones, un conocimiento del concepto de construcción lineal, y un gusto por el color que prueban su buen dominio del oficio. Su lenguaje pictórico denota soltura del dibujo, correcta composición y armonía de valores. En sus obras podemos identificar la tendencia a llenar el lienzo con la totalidad de la figura. Algunas de sus pinturas poseen un marcado tenebrismo, y a través de ellas podemos observar la tendencia a la esquematización de determinados tipos humanos, ya que mantiene ciertas fórmulas que se repiten y que con toda certeza hallaron su origen en los libros y en los grabados que entonces existían para la consulta de los pintores. Sus creaciones iban más allá de lo pictórico al estar ricamente enmarcadas con profusión de tallas, volutas y dorados, lo cual muestra un sentido muy definido de la ornamentalidad. La obra de Juan Pedro López, al igual que sus contemporáneos, mantiene esa mezcla heterogénea de estilos que en ciertas obras llega al más absoluto barroquismo. Las numerosas obras que el investigador Carlos Duarte le atribuye, a través del análisis estilístico y documental, se encuentran en diferentes colecciones privadas y públicas, en especial en el Museo de Arte Colonial Quinta de Anauco y en la Catedral e Iglesia de San Francisco, ambos en Caracas.

Otros nombres se encuentran en los archivos y en algunas obras firmadas, y sin querer desmerecer su talento, simplemente enumeramos su presencia a modo divulgativo: Pedro Juan Álvarez Carneiro (Caracas, 1669-1761), Francisco Contreras (Caracas, act. entre 1767-1819), Fray Fernando de la Concepción (Caracas, act. entre 1656-1683), Francisco Hernández (Caracas, act. entre 1717-1719), Hispánico (Caracas, firma una obra en 1724), Francisco Lovera (Caracas, act. 1795), Luis Francisco Maldonado (Caracas, act. 1710-1751), Francisco Atilano Moreno y Carrasquel (Caracas, act. 1695-1763), José Antonio Peñaloza (Caracas, act. 1776-1803), Alonso de Ponte (Caracas, act. 1749-1780), Lorenzo Ponte (Caracas, act. 1736-1752), Porras (El Tocuyo, act. 1768), José Francisco Rodríguez (Caracas, act. 1747-1808), Manuel Zenón Romero (Caracas, activo en las primeras décadas del siglo XIX), J.P. Torres (Caracas, act. 1783) y J.M. Xédler (Caracas, 1774-1835). Mención especial merece el nombre de Fabiana González (activa en 1704), primera mujer reconocida históricamente que se desempeña en el oficio de pintor.


Fuente: Janeth Rodríguez, LA PINTURA COLONIAL EN VENEZUELA. Caracas, Historiadores Sociedad Civil, Colección Historia para todos núm. 25, 1997.

jueves, 2 de abril de 2009

Renovación del diseño

Hola a todos los amables lectores que día a día nos visitan. Esta semana decidimos cambiar un poco el diseño del blog, para hacerlo más atractivo y amable a la vista. Eso sí, no hemos cambiado ningún elemento de la configuración y tampoco nuestros objetivos.

Esperamos que sea del agrado de todos y nuevamente mil gracias por el interés que despierta el arte colonial venezolano.